Los Celulares como niñeras

Celulares como niñeras: la sociedad hiperconectada que no se mira a los ojos

Gabi Ortiz Fortunat

Gabi Ortiz Fortunat

Estamos criando niños que saben deslizar pantallas, pero no leer miradas.

Soy una persona fascinada con la tecnología. Me encanta explorar nuevas herramientas y aprender a utilizarlas. Pero esa fascinación no me impide observar los cambios que han traído a nuestra sociedad, ni cuestionar lo poco que hemos aprendido a usarlas con verdadera responsabilidad.

Una alerta que me parece urgente — y que cada vez veo más normalizada — es la forma en que estamos convirtiendo a los celulares, tabletas y consolas de juego en niñeras digitales.

Veo con asombro a niños de apenas dos años jugando con dispositivos, sin ningún tipo de supervisión. Sus padres los usan como distractores para poder realizar otras actividades, o peor aún, están igual de absortos en sus propias pantallas.

No dudo que al entregarles el celular hayan abierto un canal infantil de YouTube, pero seamos honestos: es tan fácil ir de un video a otro, que hasta un niño pequeño puede hacerlo. Y sin supervisión, no sabemos qué es lo que está viendo.

Quiero pensar que muchos padres han activado el control parental, aunque a veces lo dudo. A menudo, les dan sus propios teléfonos mientras ellos trabajan, ven redes sociales o simplemente se desconectan.

Pero lo más triste son esas escenas en restaurantes o reuniones familiares donde cada miembro de la familia está sumido en su dispositivo, sin siquiera mirarse.

Como dije antes, la tecnología me encanta. Nos ha abierto puertas al conocimiento y nos conecta con personas a kilómetros de distancia. Pero también sé que todo tiene su momento, y en la infancia el acercamiento a las pantallas debe ser gradual, con supervisión y con intención.

Las mentes de los niños son como esponjas: absorben todo lo que ven y oyen, sin filtro alguno. En este afán de usar los dispositivos como niñeras, lo que les estamos enseñando es a encerrarse en un mundo irreal. Estamos dejando de lado los lazos que se crean en la convivencia, en las conversaciones, en la mirada.

Y después nos quejamos de que los adolescentes no nos escuchan, que no saben cómo comunicarse.
¿Cómo van a expresar sus emociones si nadie se sentó a escucharlas cuando eran niños?

Hoy podemos comunicarnos en segundos y con cualquier parte del mundo, pero nos estamos convirtiendo en una sociedad profundamente incomunicada.

Todo lo resolvemos con un mensaje — si nos va bien — , pero un mensaje no transmite emociones, por más emojis que usemos.
¿Dónde queda la inflexión de la voz? ¿El lenguaje corporal? ¿El silencio compartido?

Las conversaciones cara a cara crean lazos. Y esos lazos se están perdiendo.
Estamos criando niños solitarios, que no saben nombrar lo que sienten, que no conocen la empatía.

¿No me crees?
Basta con mirar las estadísticas de jóvenes con depresión, o las tasas de suicidio, que han aumentado de forma alarmante.

Sé que muchos padres tienen que trabajar — yo también. Me quedé viuda cuando mi hija tenía 11 años, y tuve que criarla sola mientras sostenía mi trabajo. Por eso no hablo desde el juicio, sino desde la experiencia.

Y sé que no se trata de la cantidad de tiempo, sino de la calidad.
Un rato breve pero presente, amoroso, sincero, puede marcar la diferencia.

Somos nosotros los responsables de forjar esos vínculos emocionales con nuestros hijos.
De enseñarles que hay alguien que los escucha, los comprende y los guía.

También es nuestra responsabilidad enseñarles a navegar en este mundo que no siempre es color de rosa. Un mundo que muchas veces los confrontará.

Está en nosotros mostrarles cómo utilizar la tecnología con conciencia, cómo sacarle provecho sin que los consuma.
Darles herramientas para que no se derrumben por los comentarios o los likes.
Ayudarlos a usar Google, la IA, y todo lo que venga… para cuestionar, aprender, crear pensamiento propio, no para repetir tendencias o tragarse verdades a medias.

Así que por favor: pongamos a un lado los dispositivos de vez en cuando.
Platiquemos. Juguemos. Miremos a los ojos. Abracemos. Escuchemos. Estemos presentes.

Y poco a poco, enseñémosles a usar la tecnología sin perder la humanidad.
Porque eso es lo que está en juego:
Criar generaciones más conscientes, con mejor comunicación, bien informadas, con criterio propio… y con la capacidad de mirar al otro de verdad.


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